No sé cuánto tiempo llevaba tirado en el sofá. La televisión murmuraba algo que ya no escuchaba.
Y ahí estaba él... el maldito reloj.Viejo, torcido, con un segundero que parecía arrastrarse, como si también estuviera cansado. Tic. Taс. Mis párpados pesaban. La línea entre pensamiento y sueño se afinaba, una cuerda floja donde ya no sabía si caminaba o caía. Me dejaba llevar, como una hoja descendiendo en cámara lenta.Tic. Sentí mi cuerpo flotar. Тас. Mis ojos se cerraban. Tic. Silencio. Abrí los ojos. Ya no estaba en el sofá. Ya no había televisión. Solo el reloj... colgado en una pared distinta, más alta, más limpia, demasiado blanca.Estaba de pie, aunque no recordaba haberme levantado.El reloj seguía ahí. Inmóvil.Demasiado inmóvil. Y detrás de mí, lo sentí. Algo. Una presencia. Me giré. Una puerta. Oscura, sin manija, tallada a mano. El espacio a mi alrededor pareció reaccionar a mi mirada.La luz blanca se volvió indefinida, como si alguien hubiera empezado a pintarla y se hubiera rendido a mitad del trazo. Entonces noté el sonido. Un murmullo ahogado, casi imperceptible. Después me di cuenta: no venía de la habitación. Venía de mí. De mis pasos, de mi respiración, de mis pensamientos. Todo tenía eco. Pero el eco... no llegaba igual.Se retrasaba. Se deformaba. A veces repetía lo mismo. A veces otra cosa.
Pensé: "¿Dónde estoy?" Y el eco respondió, varios segundos después: "¿Dónde estuve...?"
Me quedé quieto. Entonces comprendí que no estaba solo. Entre la puerta y yo, había una sombra. No la mía. No la de nadie visible. Inmóvil. Esperando.
Un segundo más tarde, el eco susurró la misma pregunta que yo no había dicho en voz alta:"¿Vas a entrar, o vas a huir otra vez?"
Respiré hondo. El aire en esa habitación era más denso, casi espeso, como si cada molécula cargara una intención que no comprendía. La sombra no se movía, pero la puerta detrás de ella... Sí. No físicamente, pero sabía que estaba ahí. Observando. Esperando mi decisión.
La voz —o el eco, o lo que fuera— volvió, esta vez más cerca, como si respirara justo detrás de mi oído: "No tienes por qué entrar... pero sabes que si retrocedes, esta noche volverá a buscarte."
Un vacío me atravesó el estómago. No de miedo. De reconocimiento. Sabía que era verdad. Nada de lo que había evitado se había ido realmente; solo había aprendido a esconderse mejor que yo.
Di un paso hacia adelante. El suelo crujió bajo mi peso, un sonido largo, casi ceremonial.
La puerta respondió. No con un movimiento, sino con un suspiro que rozó mi piel. Un suspiro que ningún objeto inerte debería poder dar. Me quedé inmóvil. La sombra no me detuvo.
La pregunta ya no era si iba a entrar, sino si estaba preparado para lo que iba a ver cuando lo hiciera. El eco murmuró: —Entonces decide. O entras... o vuelves a ser la persona que finge no escuchar.— Y no supe cuál de las dos cosas era realmente más peligrosa.